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martes, 19 de julio de 2011

Hay que saber contar...calorías

Ángeles López/Madrid

Ni restaurantes de comida rápida ni bares con menú del día. Parece que los dos fallan a la hora de ofrecer la información calórica que contiene el plato o la porción de comida que situada en el expositor. Los errores se dan tanto al alza como a la baja, y parece que el motivo es un mal control del tamaño de la ración y un exceso de calorías en las guarniciones.

Desde hace unos meses, Estados Unidos cuenta con una nueva normativa que obliga a restaurantes y demás sitios de venta de alimentos a mostrar en sus menús las calorías de cada plato. De esta manera, se pretende luchar contra la elevada tasa de obesidad ha aumentado de un 14% en 1976 a un 34% en 2008. Por otro lado, cada vez son más los ciudadanos de éste y otros países que optan por comer fuera de casa.

Por este motivo, especialistas en nutrición de la Universidad Tufts, en Boston (EEUU), han llevado a cabo un estudio en el que han analizado alimentos de 42 restaurantes y han comparado su contenido calórico con el que constaba en el menú del establecimiento. Los investigadores evaluaron la información alimenticia tanto de sitios de comida rápida como de restaurantes con menú del día.

De esta manera, vieron que de los 269 alimentos analizados el 40% contenía al menos 10 Kcal más por porción que las indicadas en el envase o menú y un 19% ofrecía al menos 100 Kcal de más por porción. Pero no todos los platos evaluados superaban en calorías la información ofrecida, ya que un 52% de ellos contaba con al menos 10 Kcal menos.

Aunque a priori la mayoría de las personas creería que los que más fallos podrían presentar eran los establecimientos de comida rápida, en este estudio se confirmó que existía mayor variabilidad en la discrepancia entre las calorías indicadas y la energía que realmente se demostró en el análisis en los alimentos que procedían de los otros restaurantes. Y en ellos, donde se detectaron más errores fue en el contenido calórico de las guarniciones que acompañaban a los platos principales.

"El análisis nos muestra que los alimentos ricos en carbohidratos y las ensaladas de guarnición presentaban más variabilidad en el contenido energético comparados con los sandwiches", afirman los autores del estudio publicado en la revista 'Journal of the American Medical Association' (JAMA).

Otro dato a tener en cuenta es que el mayor número de fallos se daba en los alimentos con menor contenido calórico, que en realidad contenían más calorías de lo que el menú o el envase decía, mientras que aquellos platos más fuertes tenían en realidad menos aporte energético de lo que el etiquetado decía.

Mayor conciencia

Los investigadores señalan que, aunque la variación calórica no era muy alta en la mayoría de los alimentos evaluados, hay que tener en cuenta que un 19% de los platos contenía 100Kcal extra, "esta cantidad puede causar una ganancia de peso de cinco a 15kg al año si se toma diariamente".

Por su parte, Linda Van Horn, profesora de Medicina Preventiva de la Universidad Northwestern en Chicago (EEUU), señala en un editorial, que también publica la revista 'JAMA', que los diferentes estudios realizados sobre nutrición muestran que ni las proteínas ni los hidratos de carbono ni la ingesta de grasa, "en resumidas cuentas, lo importante para conseguir perder peso es seguir una dieta con un menor aporte calórico".

Esta especialista señala que tanto el aporte energético como el aumento de las porciones parecen influir en una ingesta excesiva de energía y en un incremento del riesgo de sobrepeso. "Cuando el número total de calorías necesario para controlar el peso cada día se conoce y se comprende, una persona puede lograr un déficit calórico o un equilibrio energético negativo", afirma.

Finalmente, Van Horn sentencia que es fundamental que los padres estén concienciados de la importancia de las calorías diarias y de que puedan ser un modelo para sus hijos, ya que actualmente entre los adolescentes los snacks o los dulces representan el 40% de las calorías consumidas.

EL MUNDO, Miércoles 20 de julio de 2011

Imagen: El Mundo

miércoles, 13 de julio de 2011

Los peligros del 'fast food' cercano

Silvia R. Taberné Madrid
Un día rutinario para muchos trabajadores en cualquier parte del mundo puede convertirse en un problema para su salud. Llega al trabajo, come rápido, vuelta al trabajo y sale tarde. ¿A quién le apetece ponerse a cocinar? ¿No se merece una alegría gustativa en vez de un plato de verduras y frutas?
Resistirse a la tentación de la comida rápida es complicado, y más si se tiene en cuenta la dificultad que supone hoy en día pasear por cualquier calle que esté a salvo de los restaurantes 'fast food' y el precio de los menús que ofrecen, aunque su abuso suponga un serio riesgo para la salud. Este es el principal resultado al que han llegado investigadores de varias universidades estadounidenses en un estudio que se publica en la última edición de 'Archives of Internal Medicine'.
Tras seguir durante 15 años a más de 5.000 pacientes estadounidenses con edades entre los 18 y 30 años, los investigadores observaron que la falta de recursos económicos juega un papel determinante en la forma en la que se (mal)cuidan las personas y también la lejanía de los supermercados donde se pueden encontrar alimentos sanos.
"Una dieta sana no es barata", afirma tajante José Manuel Fernández Real, jefe de la sección de Diabetes del Hospital Josep Trueta de Girona. "En este tipo de restaurantes se puede comer por unos cinco euros, mientras que comer al menos dos veces pescado a la semana y todos los días fruta y verdura es algo que muchos bolsillos no se pueden permitir", explica este especialista.
Cultura vs. ingresos
'¿Cuántas veces a la semana va a comer o cenar al Burguer King, McDonalds o Pizza Hut?', se preguntaban en esta investigación. La media asusta. Desde 1985 a 2000 se calcula que aquellos que tienen bajos ingresos acudían a este tipo de establecimientos dos veces a la semana (2,1 en hombres y 1,6 en mujeres). Por su parte, los mismos encuestados mostraban pocos conocimientos sobre los niveles recomendados de ingesta de frutas y verduras.
Pero no es el único dato importante. "Se ha observado que estas personas tenían a menos de tres metros de su casa un restaurante de comida rápida o una tienda donde se venden alimentos precocinados. Mientras, los supermercados donde se puede adquirir más variedad de comida estaban más lejos", indican los autores del estudio.
Ante estos datos, Fernández Real comenta que más importante que la lejanía del establecimiento, "es más recalcable que las personas con bajos ingresos sólo van a poder comprar alimentos baratos, que suelen ser los ricos en colesterol".
"En Europa en general y en España en particular existe una conciencia de que hay que incluir verduras y frutas en nuestra dieta, por lo que en cierta manera estos datos no son extrapolables al caso europeo", asegura este doctor.
"También es una cuestión de cultura, aunque nunca se sabe qué prima antes: si la falta de dinero o saber que te estás perjudicando al saturarte con este tipo de comida", comenta Fernández Real. "Sin embargo, en España, aunque los ingresos no sean altos y no se llegue a los niveles recomendados, sí que se tiene más cuidado, por ejemplo a la hora de cocinar. Nosotros utilizamos aceite de oliva y en EEUU casi no se usa. Además, muchos de estos 'fast food' han incluido en sus menús ensaladas y también existen buffets de ensaladas, algo que aún no está extendido en EEUU", añade.
Pero para no caer en este tipo de problemas, Fernández Real afirma que "si ya se ha llegado a concienciar a la población de que la mejor dieta es la mediterránea, ahora se tendrían que tomar medidas políticas para que todo el mundo pueda disfrutar de unas comidas ricas y variadas en la que su nivel económico no sea detonante de enfermedades serias", argumenta.

EL MUNDO, Martes 12 de julio de 2011

Imagen: El Mundo

martes, 5 de julio de 2011

Comida de grillo

Pedro Trapiello

Si haces caso a Popeye y le endilgas a tu criatura espinacas, resulta que la estás metalizando . No procede. Las acelgas tampoco. Advierte la autoridad sanitaria que no se les dé estas verduras a rorrós y guajinos porque suelen contener metales peligrosos, ponzoña añadida en fertilizantes o contaminación ambiental.
El mito de las espinacas acaba de fallecer. De repente. Los adultos se hacen cruces. Los niños dicen ¡yupi! ¿Cabrá querellarse contra Popeye por agobiar a los niños en sus dibujos para que hagan caso a mamá y engullan ese forraje en purés o croquetas? ¿Eran esas espinacas con metales la razón de que sus mamporros fueran mazazos metálicos?
Lo mismo ha ocurrido con el mito del atún rojo o el pez espada. El ministerio dice ahora que no lo coman embarazadas y niños por parecidas razones metaloides. Coñó. Y de chupar la cabeza de las gambas, tararí. El atún tiene algo envenenado (además del precio), aunque un tripalari de sushi japonés asegura que eso es falso, que buscan meter miedo para reducir el consumo porque la especie está abrasada y se le dispara el precio.
Así las cosas, después de ver vacas locas y pollos con estrógenos, perdimos la fe en la granja y en las praderas. Ahora perderemos la fe en la huerta y el labrador, la última fe, una fe fusilada cada amanecer en las plazas de abastos y mercados de origen. ¿Y sigues pensando que aún nos queda la fe en el mar?
Antes, él único metal que venía en productos naturales era el hierro de las lentejas. Insistían mucho las abuelas en que comiéramos dos cacetas colmadas. Objeté yo que si comíamos muchas acabaríamos meando alambre y me gané un cachete por chistoso (pero sigo pensando lo del alambre).
Se pregunta Sócrates ¿y qué más da evitar comer esos metales que puedan ir en las espinacas o el atún, si los pillas todos de golpe en una sola bocanada en cualquier plaza con tráfico?
En fin, Popeye, si esto vale para que se vaya relajando tanta pasión por las ensaladas piruleras con frutos, berzas y nabos, tan de moda y forrajeras, ¡bienvenida sea la alarma y hasta los brotes de soja propinados con bacteria criminal!, pues ya quedó dicho hace siglos: De lo que come el grillo, poquillo .



DIARIO DE LEON, Lunes 4 de julio de 2011

Atunes, gambas, espinacas...

EFE - 04/07/2011
Caius Apicius Madrid, 4 jul (EFE).- Una recomendación en principio bastante inocente de la Agencia Española de Seguridad Alimentaria y Nutrición (AESAN) ha disparado las alarmas nacionales y provocado la efusión de ríos de tinta y torrentes de palabras en una semana en la que, la verdad, la actualidad proporcionaba bastantes más temas de interés.
Nos referimos, como habrán intuido, a las advertencias sobre el consumo por determinados segmentos de la población de algunos alimentos, entre ellos los grandes atunes, el pez espada, los tiburones, las cabezas de gambas y familiares, las acelgas, las espinacas...
Primer apunte: nada que no supiéramos ya. Entonces, ¿a qué viene volver ahora sobre el tema? La contaminación de especies marinas por metales pesados no es ninguna novedad: la relación entre el hígado del atún y el mercurio es una vieja conocida. Poco más o menos cabría decir del cadmio contenido en las cabezas de determinados crustáceos. Y que algunas verduras de hoja incluyen en su composición elementos poco deseables, tampoco: nada es perfecto.
Ocurre que estamos en un país de hipocondríacos, que además derivan esa obsesión por la salud -"nefasta", me decía hace años el maestro Néstor Luján- hacia el único terreno en el que creen que pueden decidir, que es el de la alimentación.
Somos un país, permítanme el palabro, de gastrocondríacos, que al paso que va acabará haciendo una dieta monográfica de lechuga, que se merece que no sea nunca de una variedad distinta a la insipidísima iceberg, comida sin sal -¡por Dios, la tensión!- y sin aceite -¡grasas, qué horror!-.
Verán, no es lo mismo "puede suceder" que "sucede". Y lo que no puede hacerse es alarmar al personal con informaciones cualitativas. Me explico con una anécdota sufrida por un amigo mío, importador de caviar cuando el ICEX permitía pescar esturiones en el Caspio.
El caviar, como saben ustedes, son los huevos, que no las huevas, del esturión hembra. Es un producto frágil y perecedero, que necesita ayuda para conservarse, tampoco crean que mucho tiempo, como tope seis meses. Lo tradicional era, a ese objeto, añadirle o bien sal, o bien ácido bórico. Lo primero no contribuía a mejorar el producto: un caviar muy salado es una desgracia. Lo segundo se usaba masivamente como conservante, a escala doméstica, de mariscos y pescados. Pero... alguien descubrió que la ingesta de ese ácido podía tener malas consecuencias para la salud, y se reguló su uso, fijando un máximo por kilo de producto tratado.
Bien, el buen caviar tenía ácido bórico. Por si acaso, en Barajas se procedía a analizar una muestra de cada envío. Una muestra de 1,8 kilos, que es lo que pesa cada envase original: los inspectores no se andaban con chiquitas. Y bastaba que contuviera ácido bórico para que no se autorizase esa partida. Ojo: no se decía cuánto ácido bórico contenía: trampa. Porque hay una mínima cantidad autorizada. Pero no: bastaba con que cualitativamente se detectara para emitir ese veredicto condenatorio; hacer un análisis cuantitativo, como sabe cualquiera que haya estudiado Química, es algo más latoso que limitarse a descubrir indicios de determinada sustancia.
Pero hay que decir cuánto. Hace años se acusó a las conservas de almejas chilenas de contener cadmio, cancerígeno. Alguien, meses después, reveló el asombroso número de latas de almejas que un ciudadano debería comerse diariamente, durante más de cien años, para ingerir una cantidad de cadmio preocupante. ¿Cuántas cabezas de gamba habrá que chupar al día para obtener el mismo resultado...? Por si acaso, no se dice.
Así que yo seguiré comiendo atún blanco con toda tranquilidad: nunca me he comido su hígado, y no voy a empezar ahora. Seguiré sin comer, en lo posible, atún rojo por respeto a una especie en gravísimo peligro. Este verano volveré a disfrutar de las tapas de marrajo, una especie de escualo, adobado y frito que despachan por toneladas en el "Kilowatio" de Cedeira. Seguiré sin hacerle caso al hit parade de las gasolineras de mi amigo José María Íñigo y no chuparé las cabezas de las gambas, pero no por el cadmio, sino por cierta manía que uno les tiene a las cabezas en general.
Evidentemente, no estoy en un grupo de los señalados como "de riesgo". Ni estoy embarazado ni tengo menos de cuatro años. Por esta segunda razón me gusta que me expliquen las cosas, y que los responsables de la gobernación del país no se acostumbren a confundir "recomendar" con "prohibir", verbo al que últimamente se les ha detectado cierta querencia.
Insistamos: "puede ser" no equivale a "es". "Advertir" es una cosa, "recomendar" otra y "prohibir" debería ser lo último, tras pensarlo mucho y muy bien. Ustedes échenle sentido común, también a su alimentación. Cuídense, pero sin obsesionarse.
Por cierto que lo de las acelgas ya podían haberlo dicho ustedes cuando uno era pequeño, caballeros; la de sinsabores -y nunca mejor dicho lo de "sin sabores"- que me hubiera ahorrado yo en cada convalecencia infantil a dieta de acelgas hervidas. No hay derecho; no, señor. EFE cah/cat

EL CONFIDENCIAL, Martes 5 de julio de 2011

Sanidad aconseja a embarazadas y niños no comer atún rojo, pez espada, acelgas ni espinacas

La Agencia Española de Seguridad Alimentaria y Nutrición (AESAN) recomienda a embarazadas y niños de hasta siete años no consumir pez espada o atún rojo. En una nota emitida hace unos días por esta agencia se considera que estas especies están contaminadas por mercurio. También hace recomendaciones sobre el consumo de crustáceos y hortalizas.

100gr. a la semana superaría la ingesta tolerable de mercurio en una embarazada

Según la AESAN, dependiente del Ministerio de Sanidad, 100 gramos de pez espada a la semana superaría la ingesta tolerable de mercurio en una embarazada. Los niños de entre 7 y 12 años no deberían comer más de una ración de 50 gramos.El problema del pez espada o del atún rojo es que por su larga vida se convierten en bioacumuladores de metales pesados. El mercurio industrial ha acabado en las cadenas tróficas de los mares sin degradarse.
Nitratos en acelgas y espinacas
Hay también una advertencia respecto a algunas verduras. Por la presencia de nitratos, la AESAN desaconseja el uso de hortalizas de hoja, como espinacas, apio, acelgas o lechuga, para purés de bebés durante el primer año de vida.

Se desaconseja comer más de una ración de este tipo de hortalizas al día hasta que cumplan tres años. Los niños de 1 a 3 años se consideran la población más expuesta a nitratos.
Chupar cabezas de crustáceos: ojo al cadmio
Hay una tercera recomendación, referida a los crustáceos y atañe a la costumbre de saborear también la cabeza de gambas, langostinos, cigalas y bogavantes, o los jugos de centollos, cangrejo o buey.

El cadmio puede llegar a dañar los riñones o el hígado

En este caso el problema es el cadmio. La AESAN recomienda limitar el consumo de carne oscura de los crustáceos, localizada en la cabeza, para reducir la exposición a cadmio (metal presente en las pilas eléctricas y en vertidos industriales). El cadmio, en dosis elevadas, puede dañar riñones e hígado, donde tiende a acumularse entre diez y 30 años. También causa desmineralización de huesos y se considera un importante agente cancerígeno.



20 MINUTOS, Viernes 1 de julio de 2011

La lista (negra) de la compra

Isaac Rosa


Es verdad que los niveles de metales son una preocupación constante de las autoridades, pero el pescado azul es tremendamente saludable.” -Leire Pajín, ministra de Sanidad-

La lista de la compra cada vez tiene más tachaduras: las últimas, el atún, el pez espada, las gambas, y las acelgas y espinacas para bebés. Sí, es verdad que después de soltar la advertencia, las autoridades –presionadas por los sectores afectados- nos tranquilizan y nos animan a seguir consumiendo sin miedo. Pero coincidirán conmigo en que no da mucha confianza un alimento que las embarazadas y los niños deben evitar, o que el resto de la población puede comer pero sin pasarse.
Como lo del mercurio en los atunes se sabe desde hace tiempo, cabe pensar que seguiremos comiéndolos como si nada, pues en la alimentación nos domina desde hace tiempo una forma de resignación: nos hemos convencido de que, en mayor o menor medida, todo lo que comemos es dudoso, pero lo asumimos como un precio por vivir en una sociedad avanzada.
La primera parte del razonamiento es bastante cierta: todo lo que comemos es dudoso, pocos productos de la industria alimentaria resisten hoy un examen a fondo. Apliquen el análisis de los atunes a las hortalizas llenas de pesticidas, los cerdos y terneras criados en condiciones insalubres e hinchados a antibióticos, o los pollos y huevos que ya sabemos que tienen toxinas. En todos los casos cabría hacer recomendaciones de consumo moderado y grupos de riesgo, y se acumulan evidencias sobre su relación con la proliferación de cánceres, todo tipo de enfermedades y alergias.
Pero la segunda parte del razonamiento fatalista no tiene por qué ser cierta: no podemos aceptar que la contaminación alimentaria es inevitable. Al contrario, hay que denunciarla y exigir otras formas de producción. Es cierto que es inseparable a un modelo de desarrollo económico que llena el mar de mercurio –la pregunta que deberíamos hacer tras saber lo del atún es ¿de dónde ha salido todo ese mercurio?-, y que busca el máximo beneficio fabricando comida. Pero antes que un motivo de resignación, debería ser una razón más –y no menor precisamente- para cambiar un sistema que perjudica seriamente a la salud. La nuestra y la del planeta.



PÚBLICO, Lunes 4 de julio de 2011

Grandes diferencias de calidad en la leche entera

Ángel Díaz/Madrid
La calidad general de la leche entera que se consume en España ha empeorado durante la última década, aunque existen grandes diferencias entre unas marcas y otras, sin llegar a representar en ningún caso un problema para la salud. Estas son las principales conclusiones que se desprenden del informe que acaba de elaborar la Organización de Consumidores y Usuarios (OCU).
Tras analizar 47 marcas de leche entera, la OCU ha identificado "abismales" diferencias de calidad, mayores a las que pueden encontrarse en otros alimentos, según este organismo. Además, el estudio ha revelado un "descenso de la calidad en las cualidades nutricionales y composición de la leche", lo que podría deberse a que "las exigencias de la ley se han rebajado".
Algunos de los problemas que señala la OCU se refieren a la presencia de proteínas degradadas debido a un excesivo tratamiento térmico de la leche, así como fosfatos y otros estabilizantes no declarados en el etiquetado. Ninguna de estas circunstancias representa un peligro para la salud pública, aunque afectan a la calidad de la leche.
La leche ha de someterse a un proceso térmico para ser desinfectada, pero, según el citado informe, a veces el tratamiento es inadecuado, ya que degrada la calidad del producto sin aumentar la seguridad. "Una de las consecuencias directas puede ser la alteración del propio sabor de la leche y la disminución de la calidad nutricional de la proteína", explica la portavoz de la OCU, Ileana Izverniceanu, quien añade que, en cualquier caso, este problema "no entraña ningún riesgo para la salud".
Producto envejecido
"Hemos encontrado 12 marcas con niveles de glicomacropéptidos elevados, que indican que la leche está envejecida", señala la portavoz del organismo. Además, se ha detectado la presencia de estabilizantes en 15 muestras. "Habitualmente se emplean fosfatos sódicos que pueden desbalancear el equilibrio calcio/fósforo y alterar la absorción del calcio", explica Izverniceanu.
"El fósforo compite con la absorción del calcio", aclara Javier Aranceta, presidente de la Sociedad Española de Nutrición Comunitaria. "Puede aumentar el riesgo de osteoporosis, pero el problema no está en la leche, sino en los saborizantes que se le añadan", añade.
"Hace 10 años, cuando hicimos nuestro anterior análisis de leche, estaba en vigor una normativa nacional, más rigurosa que la normativa europea" actualmente en vigor, señalan desde la OCU. "En nuestro actual estudio, 13 muestras no cumplirían con la normativa anterior", añade la portavoz.
La leche y sus derivados son una parte fundamental en la nueva campaña de concienciación sobre nutrición que ha presentado el Gobierno de EEUU, en sustitución de la clásica pirámide alimentaria. Sin embargo, los expertos recuerdan que en España la leche no es un elemento imprescendicible para seguir una dieta adecuada, y menos aún la leche entera. Alimentos como el pescado o las verduras pueden aportar también proteínas y evitan las grasas saturadas.
"En el mundo anglosajón los lácteos son muy importantes, pero nosotros preferimos la dieta mediterránea, de la cual la leche no es un elemento esencial", señala el doctor Ramón Estruch, del Servicio de Medicina Interna del Hospital Clínic de Barcelona. Este experto recuerda que la leche entera puede ser una preocupación como "fuente de grasas saturadas", las cuales pueden provocar enfermedad cardiovascular. "Por ello, recomendamos que, si se toma leche, sea desnatada", añade.
El doctor Aranceta coincide en que, a partir de los 14 a 16 años, la mejor opción es la leche desnatada. "El objetivo ha de ser reducir las grasas de todas las fuentes posibles". Hasta que se alcanza esa edad, "la mejor opción puede ser la semidesnatada, que tiene la mitad de contenido graso".


EL MUNDO, Martes 21 de junio de 2011

¿Por qué no puedo comer sólo una patata frita?

Ángel Díaz/Madrid

Las comidas que menos nos convienen son las que más nos apetecen, y ante las cuales somos más dados a dejarnos llevar por la gula. Esta incómoda circunstancia -que cualquiera que haya estado alguna vez a dieta ha sentido en sus propias carnes- parece deberse en buena parte a la acción de los endocannabinoides, sustancias que nuestro propio organismo genera y cuyas características bioquímicas son similares al componente activo de la marihuana.
Tal es la conclusión que se desprende de un estudio con roedores cuyos resultados acaban de presentarse en 'Proceedings of the National Academy of Sciences'. Las ratas que se usaron en el experimento segregaban estas sustancias neurotransmisoras en su aparato digestivo cuando se las exponía a alimentos ricos en grasas, un efecto que no se reproducía cuando se las alimentaba con proteínas o azúcares.
El investigador Daniele Piomelli, de la Universidad de California en Irvine (EEUU), y sus colegas creen que este mecanismo ha de darse también en humanos, como un vestigio evolutivo que nos impulsa a consumir todas las grasas que podamos. El motivo es que estas escasean en un entorno natural y son fundamentales para el funcionamiento celular. Sin embargo, hoy en día, los productos ricos en grasas están por todas partes, y su abuso genera obesidad, diabetes y enfermedad coronaria.
El proceso químico que despierta la gula comienza en la lengua, que detecta las grasas y envía una señal al cerebro. Desde ahí, y a través del nervio vago, llega al tracto digestivo, donde se estimula la producción de cannabinoides. Estos neurotransmisores incrementan la señalización entre células de tal forma que despiertan un apetito voraz, según explican los autores del estudio. Este es el motivo, indican, por el que no es fácil comer una sola patata frita: una vez que se ha iniciado el proceso, resulta más difícil controlar nuestro instinto por acaparar grasas. "Es la primera demostración de que la señalización de endocannabinoides en el intestino desempeña un importante papel en regular la ingesta de grasa", explica Piomelli.
La buena noticia es que, en un futuro, podrían crearse fármacos que bloquearan los receptores de endocannabinoides en el aparato digestivo. De esta forma, se podría detener el mecanismo que nos hace desear más grasas sin necesidad de intervenir en el sistema nervioso, donde actuar sobre los receptores de los neurotransmisores tendría mayores efectos secundarios, incluidos algunos como la ansiedad y la depresión.
En cualquier caso, expertos consultados por ELMUNDO.es consideran que estos fármacos sólo serían útiles para algunos pacientes, aquellos cuyo apetito desmedido estuviera enraizado en la acción de los cannabinoides. Pero en otros casos, incluidos la mayoría de los llamados trastornos por atracón o la bulimia, "la sustancia no es la causa del problema, sino que se dan otras vulnerabilidades psicológicas", explica el doctor Fernando Fernández-Aranda, de la Unidad de Trastornos Alimentarios del Hospital Universitario de Bellvitge y jefe de grupo del CIBERobn.
Este especialista recuerda, además, que es mejor dejarse llevar controladamente por el apetito, e ingerir con moderación alimentos grasos, que intentar restringir demasiado la dieta para después sucumbir a un atracón cuando ya no aguantamos más.



EL MUNDO, Martes 5 de julio de 2011

Imagen: El Mundo

martes, 8 de febrero de 2011

Comer mal, pensar más lento

Ángel Díaz / Madrid
Una mala dieta durante los primeros años de vida, con demasiadas grasas y azúcares, podría estar vinculada, según ha mostrado un nuevo estudio estadístico, con un descenso en el rendimiento intelectual del niño cuando se encuentre en edad escolar. Por el contrario, quienes se alimentan en su más tierna infancia de abundantes vitaminas y nutrientes obtienen, como media, mejores resultados en los tests de inteligencia que realizan durante la educación Primaria, siempre según la citada investigación.
El estudio, dirigido desde la Universidad de Leeds (Reino Unido) y publicado en 'Journal of Epidemiology and Community Health', ha mostrado una leve asociación entre la mejor alimentación recibida a los tres años y la puntuación obtenida en las pruebas de destreza. Esta relación, según admiten los propios autores, ofrece una evidencia aún "modesta" sobre los efectos de la nutrición en la inteligencia.
Sin embargo, los resultados son coherentes con anteriores investigaciones, que ya sugerían un peor rendimiento escolar a causa de la mala dieta, así como con otros estudios que han mostrado -por el momento en ratas de laboratorio- que el aumento de grasas puede causar desórdenes neuronales. Los autores atribuyen este efecto a que hasta los tres años el cerebro se está formando a gran rapidez, por lo que cualquier cambio en las condiciones alimentarias amplifica sus efectos a esa edad.
El presente estudio ha utilizado datos de unos niños obtenidos durante los años 90 en el Reino Unido, y que ya habían sido usados para diversas investigaciones. Los padres rellenaron formularios con las bebidas, comidas y cantidades de cada producto que les daban a sus hijos, desde los tres años hasta los ocho y medio, que es la edad a las que se les somete a las 'pruebas de inteligencia Weschler', que tienen en cuenta tanto destrezas verbales como manuales.
Partiendo de estos datos, se distinguieron tres clases de dietas: 'procesada', alta en grasas y azúcares; 'tradicional', rica en carnes y vegetales; y 'preocupada por la salud', dominada por ensaladas, pasta y arroz. A partir de esta clasificación, se pudo comprobar una asociación entre la comida 'procesada' y bajas puntuaciones en el 'test Weschler', al mismo tiempo que la dieta 'preocupada por la salud' se relacionaba con mejores resultados en las pruebas.
Clase social y educación
Cabe destacar, sin embargo, que la estadística dejaba de ser significativa cuando se tenían en cuenta el resto de factores sociales y ambientales que pueden influir negativamente en la inteligencia, tales como la clase social, la educación de los progenitores, la edad de la madre y otros. Del mismo modo, no se pudo relacionar la dieta entre los cuatro y los siete años con la puntuación recibida a los ocho.
Con todo, los autores concluyen que "en la población de niños británicos contemporáneos, una dieta pobre, asociada con una gran ingesta de comidas procesadas, grasas y azúcar en la infancia temprana podría estar asociada con un menor cociente intelectual a la edad de 8,5 años".
"No existen evidencias al respecto", comenta sobre estos resultados el doctor Jesús Argente, catedrático de Pediatría en la Universidad Autónoma de Madrid. "Yo cogería las conclusiones con pinzas hasta que no hubiera resultados más concluyentes", añade.
En todo caso, este experto recuerda que "la mala nutrición desde la infancia no sólo genera obesidad", de manera que "parece presumible que provoque algún tipo de deterioro en la inteligencia". "Pero el tema es lo bastante serio como para no decir que está comprobado hasta que no lo esté realmente", resume.
Argente, que es también director del Laboratorio de Investigación del Hospital Infantil Universitario Niño Jesús y miembro de la red Ciber de Nutrición, formó parte de un grupo internacional que publicó el pasado mes de agosto, en 'Proceedings of the National Academy of Sciences' (PNAS), un experimento con ratas que también relacionaba la mala alimentación con un deterioro cerebral.
"Las ratas que se habían sometido desde época neonatal a dietas altas en grasa presentaban claramente una alteración neuronal", explica el pediatra.


EL MUNDO, Martes 8 de febrero de 2011
Imagen: El Mundo

miércoles, 11 de agosto de 2010

Subijana advierte de la "falta de rigor" en la información sobre los productos

Por Agencia EFE – 02/08/2010
Santander, 2 ago (EFE).- El cocinero vasco Pedro Subijana, que cuenta con tres estrellas 'Michelín', ha advertido hoy de la "falta de rigor" que existe en las informaciones sobre las cualidades de algunos productos, en referencia a la polémica creada acerca de las propiedades de las bayas 'goji'.
En una rueda de prensa previa a su participación en el seminario "Sobre el producto y la interpretación culinaria" de la Universidad Internacional Menéndez Pelayo, Subijana ha afirmado que esas informaciones "hay que pasarlas por el tamiz una y cincuenta veces, porque ni hay alimentos milagro ni hay alimentos veneno".
"Yo creo que estas bayas se han puesto de moda, lo mismo que se puso de moda hace poco el jarabe de arce", ha aseverado el cocinero y propietario del restaurante Akelarre, quien se ha declarado completamente "contrario a las modas" y ha calificado como "malísimo, que se extiendan así, con tanta falta de rigor".
En este sentido, el cocinero y restaurador ha recordado que los científicos advierten sobre los efectos perjudiciales para la salud que puede acarrear la ingestión de algunos platos a base de carne.
"¿Cuántas chuletas a la brasa hay que comerse para que te termine afectando a tu salud?, pues una barbaridad", ha afirmado, quien ha dicho que su nocividad "es terriblemente relativa" y, por ello, ha aseverado que "hay que explicarlo con minuciosidad y con detalle".
"Mejor producto que hoy y mejor cocina que hoy no ha habido nunca", ha apostillado el prestigioso cocinero.
Por otra parte, Subijana se ha referido hoy a la "fiebre de los "gastrobares" entre los aspectos "positivos" de la crisis, ya que, "en momentos en que la economía se tambalea", hacen llegar la alta cocina a un público más "popular".
Subijana ha destacado además el papel transformador de la gastronomía y la restauración que pueden desempeñar estos establecimientos, donde grandes cocineros, como María José San Román, Quique Dacosta y Paco Roncero venden pequeños bocados de vanguardia a precios más asequibles.
En este sentido, el cocinero ha estimado que, quizás, la proliferación de estos locales conlleve que, de "aquellos (restaurantes de) niveles bajos o medio bajos, en los cuales la cocina no estaba muy mimada, ni cuidada, muchos tengan que desaparecer y otros se transformen y mejoren".
EFE, Lunes 2 de agosto de 2010

lunes, 29 de marzo de 2010

La 'comida basura' es tan adictiva como el tabaco o las drogas, según la revista Nature

EFE
La comida de alto contenido calórico puede ser tan adictiva como el tabaco o las drogas, según un estudio con ratas de laboratorio publicado en la revista científica Nature.
Aunque el descubrimiento no puede ser trasladado directamente a la obesidad en humanos, demuestra que un exceso de consumo de "comida basura" puede provocar respuestas adictivas en el cerebro.
Esto es lo que les sucedió a las ratas con las que se experimentó el estudio, a las que se les comenzó a dar comida basura y que acabaron convirtiéndose en comedoras compulsivas.
Experimentos con ratas
Se sabe en efecto que a los adictos se les debilita la capacidad de activación de los circuitos cerebrales responsables del recuerdo de sus experiencias positivas, ya que dejan de desempeñar esas actividades por la gratificación que reciben de ella, sino que lo hacen de manera adictiva.
Para la investigación, un equipo del Scripps Research Institute de Florida (Estados Unidos) encabezado por Paul Kenny, midió la sensibilidad de las ratas a ese tipo de experiencias.
Cuando los científicos ofrecían a las ratas comida de alto contenido en calorías como beicon, salchichas o pasteles, junto a comida más sana -aunque menos apetecible- que forma parte de su dieta habitual, los animales optaban por la primera y engordaban así rápidamente.
Comían pese a las descargas
Su sensibilidad al recuerdo de experiencias positivas también cayó en picado como les ocurre a los adictos a las drogas. Este debilitamiento de la respuesta a los recuerdos agradables persistió durante al menos dos semanas después de que dejaran de ingerir "comida basura".
Un auténtico adicto, bien sea rata o bien humano, consume la sustancia causante de la adicción compulsivamente incluso cuando es claramente perjudicial para su salud.
Para desarrollar el estudio, los científicos adiestraron a las ratas para que dejasen de comer cuando una luz se encendiese porque, en caso de no hacerlo, recibirían descargas eléctricas en sus extremidades. Las ratas de peso normal dejaban de comer al encenderse la luz incluso cuando se las tentaba con la más apetitosa "comida basura", pero las obesas, acostumbradas a ingerir este tipo de comida, seguían comiendo.
Alto contenido calórico
El estudio también revela un descenso en los niveles de un específico receptor de dopamina en las ratas con sobrepeso, fenómeno que también se da en los humanos adictos a drogas.
Los científicos disminuyeron artificialmente los niveles del receptor de dopamina en otro grupo de ratas, lo que aceleró su pérdida de sensibilidad al recuerdo positivo cuando se les suministraba una dieta de alto contenido calórico.
20 MINUTOS, Lunes 29 de marzo de 2010

lunes, 15 de febrero de 2010

Comer bien: menos sal, mejor salud

CARMEN IBÁÑEZ
NUTRICIONISTA DE SALUD PÚBLICA

La sal ha sido importante siempre, moneda de cambio como demuestra la palabra salario. Muchas veces hemos oído: “La sal de la vida” para expresar un sentimiento de placer y plenitud, es un reflejo de algo bueno, pero sin engañarnos, la sal siendo necesaria, no hay que usarla de forma desmedida.
Por el tipo de alimentación, los españoles empleamos unas dosis de sal altas, demasiado altas. Son habituales los alimentos sabrosos; frutos secos, patatas fritas, embutidos, fritos de todo tipo. La sal no sólo está presente en las comidas, también cuando tomamos un aperitivo, una bebida, refresco o copa de vino o licor, siempre hay una tapa o un pequeño platito acompañante a la bebida, generalmente salado.
La sal común, químicamente está compuesta de cloro y sodio, formando cloruro sódico, muy abundante en el agua del mar. En el organismo la sal está en disolución, no forma cristales, y participa activamente junto con el potasio en el equilibrio de los líquidos del cuerpo, permitiendo el intercambio sodio – potasio entre células de los tejidos y el líquido interticial circundante. Si nosotros mantenemos buenos niveles de potasio, podemos disminuir la ingesta de sal con los alimentos, no añadiendo sal extra sino tomando solo la contenida en los mismos.
La Organización Mundial de la Salud (OMS) ha promovido una participación voluntaria por parte de los gobiernos de los distintos países, a través de los institutos de salud pública y sectores de la industria alimentaria, para reducir el contenido en sal de distintos alimentos con un alto índice de ingesta en la población mundial. El consumo habitual de sal en la mayor parte de la población adulta excede de los 10 gramos por persona y día.
En España, la Agencia Española de Seguridad Alimentaria y Nutrición (AESAN) puso en marcha un Plan de Reducción del Consumo de Sal, en marzo de 2009, cuyo objetivo era acercar a la población a una ingesta de sodio próxima a las recomendaciones diarias de la OMS para este elemento y que estaban en menos de 5 gramos por persona al día. El consumo medio de sal en España es de 9,7 gramos, casi el doble de la cantidad recomendada.
Los resultados obtenidos a principios de este año en distintos estudios en países como Reino Unido, Italia, Japón, Países Bajos o Estados Unidos, aportan evidencias que establecen una relación directa entre el consumo alto de sal en la dieta y un mayor riesgo de padecer enfermedades cardiovasculares, ictus e hipertensión.
Una reducción en el consumo de sodio en la dieta de 5 gramos supondría un descenso de alrededor de 3 millones de episodios cardiovasculares cada año en todo el mundo. La OMS estima que el 62 por ciento de las enfermedades cerebrovasculares y el 49 por ciento de la enfermedad isquémica cardiaca se pueden atribuir a presiones arteriales altas. En el Reino Unido se ha estimado que una reducción del consumo de sal en la población de 3 gramos al día supondría una disminución en la presión arterial suficiente para evitar 11.000 muertes por isquemia cerebral y 7.700 por infarto.
Alimentos procesados
La reducción en el consumo de sal es una de las formas más sencillas, eficaces y baratas de disminuir la prevalencia de las patologías cardiovasculares. Un estudio realizado por la OCU, encargado por AESAN, ha determinado que los alimentos que más sal aportan a la dieta de los españoles son los embutidos, pan y panes especiales, lácteos y derivados y los platos preparados. Con estos resultados podemos determinar que aproximadamente el 75 por ciento de la sal consumida procede de los alimentos procesados. Se conoce como sal oculta en los alimentos y el comensal no sabe cuánta ingiere.
Para conseguir mejorar los niveles de consumo, es necesario que la población colabore; un mejor conocimiento de la cantidad de contenidos en los alimentos en su etiquetado, es decir, una regulación más estricta; campañas de sensibilización para promoción de la salud y el impulso por parte de la Agencia Española de Seguridad Alimentaria de actuaciones similares a la llevada a cabo con la reducción paulatina del contenido de sal en el pan en un 26,4 por ciento consiguiendo así que el pan que se adquiera actualmente en España sea uno de los más bajos en contenido en sodio de la UE.
Aunque para muchas personas una disminución de la ingesta de sal puede suponer un sacrificio, si son constantes, además de ganar en salud, terminarán descubriendo un nuevo mundo de sabores naturales en los alimentos, sin sal añadida. La experiencia merece la pena.
PAUTAS
Procurar no sazonar los alimentos con sal, o con la menos posible, estos ya contienen la suficiente y el organismo no necesita mucha más.
También podemos utilizar pimentón, cebolla y/o ajo finamente picado o simplemente en polvo, para espolvorear alimentos como carne, pescado, pollo o legumbres y hortalizas.
Evitar salazones y ahumados.
Evitar embutidos y carnes muy curadas.
Elegir alimentos frescos o congelados, evitando las conservas.
Consumir frutos secos tostados o crudos sin sal.
En alimentos preparados comprobar el contenido en sal, elegir siempre aquellos con reducción de la misma.
Cuidado con las margarinas, algunas con altos contenidos en sal.
Los cereales muesli y all-bran, con bajas cantidades de sal.
Emplear salsas con bajo contenido en sodio.
ABC – SALUD, Sábado 13 de febrero de 2010.

miércoles, 10 de febrero de 2010

La bella...y la bestia

DANIEL MÉNDEZ
El dicho “comer con los ojos” tiene, como todo el refranero popular, su base científica. Cuando nos inclinamos por el alimento con mejor aspecto, respondemos a lo que en la jerga de la cata se conoce como “fase visual” – un primer instinto -, a la que siguen las fases olfativa y gustativa. Pero la importancia cada vez mayor de los aspectos externos (presentación, apariencia, uniformidad, madurez, frescura) responde también a un requerimiento del mercado. Un reciente informe de la FAO explica que la prioridad “visual” se ha incrementado al mismo tiempo que aumentaban los supermercados y las grandes superficies. En los sistemas de autoservicio, frente a las pequeñas tiendas con dependientes, el producto debe “autovenderse” y aquel que no es seleccionado represente una pérdida para el comerciante. De ahí que su aspecto sea determinante.
Sin embargo, puede que la manzana más imperfecta tenga mejores cualidades alimenticias que la versión “bonita” y que sepa mejor; y, desde luego, contiene muchos menos elementos contaminantes o potencialmente dañinos para el organismo, como restos de pesticida o abonos químicos: porque la versión menos “atractiva” es fruto (nunca mejor dicho) de la agricultura ecológica.
Ahora bien, ¿por qué tiene peor aspecto? El biólogo y nutricionista Javier Arocena matiza incluso la pregunta. “La fruta ecológica no es que tenga peor aspecto porque sí. Lo que ocurre es que la fruta no ecológica, al tener mucha más agua – lo cual acelera el enmohecimiento -, es tratada con productos químicos que hacen que dure más. Si no fuera por los conservantes, esa fruta se pudriría antes”. Pero no es sólo una cuestión de conservación; se trata también de lograr uniformidad dentro del lote de frutas y verduras, que la manera en vayan a ser presentados resulte irresistible a los ojos. Así, para conseguirlo, los tomates se tratan con etileno suplementario. La maduración de los frutos es iniciada por el etileno que ellos mismos producen, pero para acelerarla y controlarla se incrementa el etileno. Para lograr que además brillen, se emplean ceras para el recubrimiento en poscosecha. Estas ceras no sólo proporcionan brillo, sino un control de pérdida de peso, por lo que retrasan el envejecimiento de la fruta. Hay varias fórmulas, pero suelen combinar polietileno, carnauba y goma laca. Todos estos productos están autorizados dentro de las directivas de aditivos alimentarios, pero su sola enumeración ya resulta inquietante.
¿Tiene el fantástico aspecto de la fruta que nos venden en el supermercado alguna repercusión que pueda afectar a nuestra salud? La respuesta no es clara. No hay ninguna investigación que vincule directamente las frutas y verduras industriales con una enfermedad, pero la mayoría de los estudios realizados se inclina por las ventajas de los productos ecológicos: “Son más saludables”, explica María José Frutos, profesora de tecnología agroalimentaria de la Universidad Miguel Hernández de Elche, “porque tienen menos productos potencialmente tóxicos, en muchos casos ha habido un incremento nutricional (de vitamina C, por ejemplo) y poseen compuestos fenólicos, que son antioxidantes y aminoácidos esenciales”.
Hay, además, algunos datos que avalan las ventajas de una alimentación basada en productos bio. En un convento se proporcionó a algunas monjas, durante ocho semanas, una dieta ecológica, manteniendo la alimentación normas para las demás. Las primeras mostraron un mayor bienestar físico y una mayor resistencia a enfermedades. En otro estudio se alimentó a madres recientes con alimentos ecológicos durante cinco meses y registraron un marcado incremento de ácidos grasos insaturados (omega – 3s y ALC) en su leche materna.
Además de las ventajas para la salud, uno de los aspectos que más inciden en la decisión de compra es la huella medioambiental de los cultivos ecológicos. La agricultura ecológica contribuye a la biodiversidad y minimiza el impacto humano, y eso inclina a muchos a su consumo. Ahora bien, si todo son ventajas, ¿por qué el consumidor no se lanza en manada a por productos con la etiqueta bio? El mayor freno es el precio: un estudio elaborado en la Universidad del País Vasco muestra que estamos dispuestos a pagar hasta un 25 por ciento más; sin embargo, los autores sostienen que esa diferencia oscila entre el 45 y el 55 por ciento, lo que supone un freno a la hora de ofrecerse como alternativa a la agricultura convencional. Hay varios motivos que explican esta diferencia: se ha comprobado, por ejemplo, que durante los primeros meses del “transvase” de menos intensivos a procesos ecológicos, el terreno pierde entre un 10 y un 15 por ciento de su rendimiento. “No obstante con el tiempo, esta tendencia se invierte”, subraya Fernando Vilches, gerente de la Asociación Profesional de Productores y Elaboradores de Madrid (Apreco). El suelo necesita tiempo para recuperar su equilibrio, pero ésa no es, según Vilches, la razón principal. El elemento clave es el canal de distribución. Las grandes superficies tienden a mostrar una mayor diferencia de precio entre productos orgánicos y convencionales: un estudio en Córdoba mostró que en el caso de la cebolla llegaba a implicar una diferencia del 575 por ciento. Esta diferencia es muchísimo menor si acude directamente al productor. No sólo se ahorra gastos de intermediarios, sino que también evita pagar por los intereses creados para favorecer la producción industrial. Eso sí, no espere que las manzanas brillen.
Dejarse tentar por una manzana
La fruta de producción industrial se almacena largas temporadas para que esté disponible todo el año. En ese periodo, manzanas y peras sufren pérdida de peso y alteraciones fúngicas (hongos). Para evitarlo se utilizan químicos; los más usados, imazalil y tiabendazol.
Para que brillen, se rocían con ceras.
La fruta ecológica es de temporada. No tiene poscosecha y en la precosecha no se usan químicos. Las manzanas ecológicas tienen hasta un 50 por ciento más de metabolitos con efectos antioxidantes y antimicrobiales.
Presentan defectos de epidermis. Se considera grave se superan los dos centímetros.
Las peras que aguantan la respiración.
El proceso de conservación de la fruta en el frigorífico es determinante. Disminuyendo la proporción de oxígeno en el aire de la cámara, disminuye el ritmo de “respiración” de la fruta, y ello permite prolongar el tiempo. Un método es reducir el oxígeno a un uno por ciento, reemplazándolo con nitrógeno y manteniendo constante el CO2.
El deterioro de las peras ecológicas es tan natural como su maduración, pero en su cultivo, como alternativa a los fungicidas químicos, se usan aliados naturales: sales de cobre, preparados de azufre, productos a base de extractos de plantas, lecitinas de soja, bacterias, hongos y virus (aislados del medio natural) que atacan a los hongos patógenos.
No sólo de patatas vive el hombre
Desde hace años, han logrado que sean más baratas y atractivas. ¿Por qué? Se cultivan en terrenos arcillosos en vez de arenosos, lo que favorece que tengan un aspecto uniforme, aunque pierdan gran parte del sabor.
Además, se una nitrógeno para acelerar su crecimiento, lo que reduce el almidón. Por debajo del 10% sin insípidas.
La patata es un producto básico, pero en su producción se emplean muchos plaguicidas; por eso el prestigioso Environmental Working Group, tras 43.000 pruebas de detección de plaguicidas, lo considera uno de los siete productos a consumir en versión ecológica. Los otros: lácteos, carnes, tomates, café, manzanas y semillas.
PROYECTO MELONOMICS. En busca del melón perfecto
La normativa europea que regula la producción y elaboración de alimentos ecológicos veta el uso de semillas y otros componentes genéticamente modificados. No obstante, hay quien considera que esto podría llegar a cambiar. Desde la fundación Genoma España se promueven diversas investigaciones que analizan la información genética de productos como el tomate, la uva o el meón. Emilia Gómez, directora de proyectos de la institución, explica sus objetivos: “Tratamos de conocer los genes relacionados con los caracteres que nos interesen, como el sabor o la resistencia a niveles microbianos. Nuestras investigaciones, aunque no están directamente orientadas al cultivo ecológica, comparten con ellos muchos elementos, como puede ser la búsqueda de especies abandonadas”. Almudena Lázaro, investigadora del Instituto Madrileño de Investigación y Desarrollo Rural Agrario y Alimentario (Imidra), que participa en el proyecto Melonomics, auspiciado por la fundación Genoma, incide en este sentido. “Nosotros trabajamos con variedades del melón que se utilizaban en España cuando la agricultura era ecológica sin saberlo, antes de la industrialización que trajo la llamada “revolución verde”. Y explica que en los bancos de semillas que utilizan se conservan muchas especies, recogidas de pueblo en pueblo, a las que a menudo recurren los productores ecológicos.

PARA SABER MÁS.
www.ec.europa.eu/agriculture/organic/home_es. Página de la UE sobre agricultora ecológica.
www.vivelaagriculturaecologoca.com Web del Ministerio de Medio Ambiente y Medio Rural y Marino.


XL SEMANAL – ABC – Del 7 al 13 de febrero de 2010

lunes, 26 de octubre de 2009

Grasas Trans: la amenaza está en la alimentación industrial

Beatriz Muñoz – Madrid
Se “esconde” en los alimentos más apetecibles que, por norma general, son a su vez los menos saludables. Imagine, por ejemplo, un bollo que rebosa crema o chocolate o un cuenco de palomitas de maíz o patatas fritas. Su apariencia, a la que en contadas ocasiones es casi imposible resistirse, se debe a la presencia de grasas trans en su composición. Isoune Zubieta Satrústegui, dietista – nutricionista del Instituto de Ciencias de la Alimentación (Icaun) de la Universidad de Navarra, explica que “son producto del proceso de solidificación o semi-solidificación de los aceites vegetales aplicados por la industria alimentaria en la preparación, elaboración y procesado de los diferentes productos alimentarios”. Pese a las virtudes que puede tener su empleo en la industria, son muchas las voces que se revelan contra la utilización de estas grasas en la alimentación debido a los importantes riesgos que ejercen sobre la salud.
En esta línea, esta semana se ha presentado el anteproyecto de Ley de Seguridad Alimentaria y Nutrición en el que se fijarán en un dos por ciento el contenido máximo de grasas saturadas o trans que podrán contener los alimentos comercializados en nuestro país. El presidente de la Agencia Española de Seguridad Alimentaria y Nutrición (Aesan), Roberto Sabrido, explica que “según los estudios del consejo de Nutrición de Dinamarca, asumidos por la Organización Mundial de la Salud, (OMS), para que las grasas trans no provoquen un efecto negativo sobre la salud del consumidor, se recomienda que del total de energía que se consuma en un día, el uno por ciento se deba, como mucho, a las grasas trans”. De este modo, y después de que, según Sabrido, “existe mucha evidencia científica de que la ingesta diaria de este tipo de grasas aumenta el riesgo de padecer enfermedades cardiovasculares”, España se convertirá en uno de los primeros países, junto con Dinamarca en hacerles frente después de que en Nueva York y California las hayan prohibido por completo.
No fue hasta los años 60 cuando las grasas trans alcanzaron su máximo apogeo y empezaron a formar parte de la industria alimentaria. Si su bajo coste era una baza a tener en cuenta, no lo era menos el hecho de que se llegó a creer que podían actuar como un buen sustitutivo de las grasas saturadas ya que, por aquel entonces, se pensaba que su abuso no era proporcional a un buen estado de salud. Para Javier Montero, médico internista del Hospital USP San Camilo de Madrid, el origen de las grasas trans “es la respuesta de la industria alimentaria a las indicaciones de las autoridades sanitarias de sustituir las grasas animales por las vegetales”. Gracias a este procedimiento. la grasa se vuelve “más estable, aguanta mejor el paso del tiempo y mejora el sabor”, añade. En cualquier caso, Cleofé Pérez – Portabella, supervisora de la Unidad de Nutrición del Hospital Vall d´Hebrón de Barcelona, insiste en que “hoy en día el empleo de grasas trans es una solución de segunda calidad”.
Más sabor.
Uno de sus puntos fuertes es que contienen lo que la industria alimenticia denomina potenciadores del sabor. Las grasas sólidas, como sucede con las trans, “estimulan de una manera más efectiva las papilas gustativas situadas en la boca y crean una sensación más placenteras”, sostiene Montero. Todos los productos en los que están presentes estas grasas llevan la etiqueta de poco saludables y no es de extrañar porque, según Zubieta, “las mayores fuentes alimentarias de ácidos grasos trans son los aperitivos industriales salados y dulces como patatas chips, palomitas de microondas, galletas, productos de pastelería y bollería industrial, helados cremosos, margarinas y alimentos precocinados o preparados y el fast-food”. A modo de ejemplo, Montero recuerda que “150 gramos de patatas fritas poseen siete gramos de grasas trans y un bollo industrial entre cinco y seis. De una forma inocente, en nuestro propio domicilio podemos generarlas si recalentamos en exceso el aceite de oliva en las frituras o si reutilizamos en demasía dicho aceite”.
Riesgos.
Numerosos estudios científicos confirman que “un consumo elevado de grasas trans conlleva un aumento del riesgo de padecer enfermedades de origen cardiovascular al disminuir el colesterol “bueno” o HDL y aumentar el “malo” o LDL”, advierte Montero. Asimismo, también podrían contribuir, según Zubieta, al desarrollo de “enfermedades crónicas incluyendo obesidad, diabetes tipo II y alergias”. Al margen del propio control que pueda tener el consumidor a la hora de prescindir de estos productos por el bien de su salud, lo cierto es que hasta el momento, no existía ningún tipo de control por parte de las autoridades respecto a la cantidad de grasas trans que incluían las empresas alimentarias en la fabricación de sus productos. Ante esta situación, Sabrido defiende que lo que se pretende “es marcar un límite, porque se ha visto que en la medida en que se disminuye su ingesta se reduce, además, la obesidad que a día de hoy y según la OMS, está definida como la primera pandemia no infecciosa del siglo XXI”. Ante esta situación, no queda más remedio que pensar en cómo le puede influir este anteproyecto de ley a la propia industria alimentaria. En palabras de Sabrido, “estamos a la espera de que hagan sus propias alegaciones. No hay que olvidar que en su día ya hizo un esfuerzo muy importante porque ha ido reduciendo considerablemente el número de grasas trans en sus productos. De hecho, el consumo medio en nuestro país, está, en la actualidad, por debajo de la media de la Unión Europea”. El límite que se prevé establecer no sólo se va a instaurar a todo producto que se comercialice en España, sino que “cuando vengan otras empresas extranjeras a vender sus productos aquí, no podrán hacerlo si superan el dos por ciento de grasas trans”. Una vez que este anteproyecto de ley se apruebe por el Consejo de Estado y tras obtener el visto bueno del Consejo de Ministros, se iniciará su trámite parlamentario con el objetivo de que pueda ser aprobado “a finales del primer trimestre del próximo año o a inicios del segundo”, sentencia Sabrido.
Hasta que esta ley entre en vigor, Montero insiste en que “lo que le queda al consumidor es la información personal y la lectura obligada de la etiqueta informativa del producto alimenticio donde deberá buscar la presencia y cantidad de grasa vegetal parcialmente hidrogenada”. Esta misma opinión la comparte Pérez – Portabella, quien añade que “la etiqueta es, a día de hoy, la mejor herramienta que tiene la persona para saber qué contiene lo que va a tomar”. Pero no hay que olvidar, continúa la experta, que “la tecnología actual ha conseguido, por ejemplo, en el caso de la margarina que sean de mejor calidad y tengan menos ácidos grasos saturados y más vitaminas y fitoesteroles”.
Sin embargo, un estudio elaborado por la Organización de Consumidores y Usuarios (OCU) entre 49 productos procesados, revela que más de la mitad están mal calificados por la presencia excesiva de ácidos grasos saturados. En este sentido. la OCU reclama a los fabricantes que cuiden más la calidad de las grasas que emplean, sobre todo, en alimentos de consumo habitual como sucede con las galletas. Tampoco estaría de más que mejoraran en las patatas fritas y en los aperitivos, aunque sean alimentos que se deban limitar a un consumo esporádico. Por tanto, la OCU insiste en la necesidad de que se declare exactamente de qué grasa se trata porque “el consumidor tiene derecho a esa información, ya que no todos los aceites vegetales tienen el mismo efecto sobre la salud”, sentencian.
Prescindir por completo de estos productos supone, para la gran mayoría, una ardua tarea. Además, no hay que olvidar que también “están presentes de manera natural, aunque en pequeñas cantidades, en la grasa animal de los rumiantes y, por lo tanto, en su carne y en su leche”, advierte Zubieta. En cualquier caso, lo más importante es que su ingesta “no supere los cinco gramos diarios y que el total de las calorías que aporten no supongan más del cuatro por ciento”, insiste Montero. Con este panorama no es de extrañar que expertos de la Universidad de Harvard hayan clasificado a las grasas trans como “el mayor desastre de la industria alimentaria de la Historia”.

Otras vendrán
Miguel Ángel Almodóvar

Las grasas trans, hidrogenadas o parcialmente hidrogenadas han logrado lo que hace unos pocos años hubiera costado creer: demostrar fehacientemente que son peores que las tan temidas saturadas, de manera que una vez más se cumple el viejo y pesimista refrán de que otras vendrán que buenas te harán. Tan malas, tan obturantes arteriales y tan definitivamente agresivas para el sistema cardiovascular que han hecho tomar conciencia hasta al mismísimo Arnold Schwarzenegger, a quien cabe el honor de haber sido el primer gobernador de un Estado que las prohíbe en la restauración, siguiendo el ejemplo y el camino que inició la ciudad de Nueva York el 30 de junio de 2008, que es fecha a recordar y subrayar. Aquí, que se sepa, se sabe que no se sabe nada respecto a iniciativas similares y las trans siguen campando por sus respetos en bollos, pizzas, palomitas, croquetas, margarinas y demás. De manera que mientras no tengamos un Schwarzenegger o similar, hay que mirar con atención las etiquetas y, si es posible, buscar una alternativa.

“El mejor consejo es reducir su consumo”
Dr. Leandro Plaza
Cardiólogo y presidente de la Fundación Española del Corazón.

¿Hay grasas buenas y malas?
En términos generales, sí. Las grasas saturadas, que tienen muchos ácidos grasos saturados, son las que producen una acción perjudicial, facilitan la aparición de la arterioesclerosis y provocan enfermedad cardiovascular. Sin embargo, las grasas insaturadas, otro tipo de ácidos grasos, son las que principalmente nos protegen de la acción negativa de las grasas saturadas y el colesterol.
¿Dentro de las grasas malas están las trans?
No. Las grasas trans son las que han sido modificadas a partir de los aceites vegetales que, teóricamente, tienen ácidos grasos poliinsaturados con efectos beneficiosos. Sin embargo, por un proceso industrial conocido como hidrogenación se produce la grasa trans, perjudicial para la salud.
¿Por qué se produce este proceso de transformación?
Por dos cosas: porque la grasa vegetal se hace más sólida, se enrancia menos y dura más. En realidad, este proceso se ha estado haciendo durante los últimos veinte años con un buen fin. Al tener la industria la necesidad de bajar el contenido en grasas saturadas que están en las carnes grasas, los embutidos, la yema de huevo y en los productos animales, se cogieron los ácidos grasos, teóricamente buenos, porque son vegetales, y se hizo esta transformación para mejorar el sabor y la duración.
¿Se sabe qué cantidad de ácidos grasos trans poseen los productos que consumimos?
En EE UU se hizo una normativa en enero de 2006, según la cual se obligaba a que las etiquetas de los alimentos incluyeran el contenido de ácidos grasos trans. En Europa se ha aconsejado, pero todavía no es de obligado cumplimiento. Desde la organización que reúne a todas las fundaciones de cardiología de Europa, la “European Heart Network”, estamos tratando de conseguir que el Parlamento Europeo incluya la obligatoriedad de colocar en todos los alimentos elaborados el componente de ácidos grasos trans.
Entonces, ¿habría que disminuirlo o eliminarlo?.
Nuestro consejo es reducir. No se trata de no tomar hamburguesas ni de dejar de tomar yema de huevo que tienen mucho colesterol, sino de ingerir una cantidad aceptable, lógica y moderada. Señalamos, en términos generales, que no se debería tomar más de un gramo de grasa trans al día.
Además del riesgo cardiovascular, ¿existe algún otro perjuicio derivado de las grasas trans?.
Según algunos estudios, pueden retrasar la maduración del cerebro de los niños, sobre todo cuando les llega a través de la leche materna. Otros apuntan a un riesgo de padecer diabetes.

Mi abuela y lo trans
César Lumbreras
Comer un poco de todo, sin abusar”. Ésta es la respuesta que da mi abuela, que va camino de los 109 años, si se pregunta por el secreto de su longevidad. Evidentemente está claro que se necesita algo más, como la genética y las condiciones de su organismo. Pero habrá que reconocerla autoridad en la materia, aunque sólo sea por su larga experiencia. También es verdad que siempre ha sido de poco comer, lo que es un dato a tener en cuenta. Yo me acuerdo de esta frase suya cada vez que se habla de la bondad o maldad de un determinado alimento o grupo de productos, y aplico su máxima, que creo coincide con la que dicta el sentido común. Y este sentido común me dice que, salvo excepciones puntuales o contraindicación expresa, a la mayoría de las personas no nos debe pasar nada por consumir de vez en cuando algún producto que contenga grasas trans, bien sean de origen natural o conseguidas mediante la “química”. El problema llegará si se da un abuso de las mismas, o si nuestro organismo reacciona mal a su ingesta, aunque sea en pequeñas cantidades. En esto de la alimentación, los conocimientos y las técnicas han adelantado que es una barbaridad durante los últimos tiempos. Pro también la confusión.
Recuerdo que hace no muchos años el aceite de oliva era malo, mientras que ahora es todo bondad. Otro tanso se puede decir de los pescados azules. A pesar de ello no creo que nos podamos mantener sólo a base de estos productos.
Al final, no hay que volverse loco. Lo importante es llevar una alimentación variada, equilibrada, sana y en las cantidades justas, todo ello combinado con hábitos de vida saludable.
Vuelvo al principio: “comer un poco de todo sin abusar”.

El control necesario de las grasas más dañinas
José Antonio Vera
No es verdad que no debamos tomar nada de grasa. Al contrario, los lípidos son necesarios para el correcto funcionamiento del organismo. Son tan importantes que hasta un 30 por ciento de las calorías que ingerimos con la dieta deberían proceder de ellos. Pero hay que saber de qué tipo de grasa se trata, pues no todas son iguales Las grasas más frecuentes son las monoinsaturadas (aceite de oliva), poliinsaturadas omega 6 (aceite de girasol), poliinsaturadas omega 3 (aceite de pescado), saturadas (grasas animales), y grasas trans (bollería industrial). Las primeras se consideran saludables, mientras que las dos últimas deben ingerirse con gran moderación. Hubo un tiempo en que se estimó que la saturada era la grasa más peligrosa desde el punto de vista de la salud cardiovascular. Es verdad que la mantequilla, la manteca de cerdo, las carnes rojas, los embutidos y los quesos curados no son recomendables para las personas con problemas de enfermedad cardiaca diagnosticada. Cuando se llegó a esta conclusión en los años setenta, se intentó sustituirlas por las denominadas grasas trans, obtenidas a partir del proceso de hidrogenación de algunos aceites vegetales. La hidrogenación supone manipular la estructura celular de los ácidos grasos. El resultado es la conversión del isómero cis (natural) de los ácidos grasos en un isómero trans (no natural), que se agregan a las reservas de grasa del cuerpo, donde son capaces de producir daños celulares. Desde el punto de vista del consumo, el resultado es que se obtienen una grasa más sólida, estable y con el mismo sabor, lo que facilita su uso industrial, pues hacen que los alimentos sean más duraderos y mejoran el aspecto y el sabor de la comida. Son idóneas para bollos, margarinas, productos precocinados, frituras congeladas, algunas galletas, bizcochos, magdalenas o pasteles envasados, palomitas de microondas, patatas fritas de bolsa, snacks, ganchitos y comida basura en general. El problema es que en los años 90 se demostró que las grasas trans eran aún más nocivas que las animales saturadas: no sólo aumentan el colesterol malo sino que también disminuyen el bueno, amen de engordar más de lo conveniente, disparar los triglicéridos, interferir con la insulina provocando riesgo de diabetes y mermar la capacidad de dilatación de los vasos sanguíneos. Su efecto en el organismo es tal que un gramo por día dispara el riesgo de padecer males coronarios hasta un 20 por ciento. Por eso en algunos países se les ha declarado la guerra, hasta el punto de promover la tolerancia cero. En Estados Unidos, la primera ciudad en prohibirlas fue Nueva York, y California restringirá igualmente su uso en restaurantes a partir de 2010. En el resto de los Estados es obligatorio indicar en los envases cuántas grasas trans llevan. En Europa, sólo Dinamarca ha vedado cualquier alimento que contenga más de un dos por ciento de ellas, aunque en otros países ha comenzado el debate sobres su uso, entre ellos España. En nuestro país actualmente no se detalla la presencia de ácidos grasos trans en las etiquitas de los productos. La única manera de saber las trans que contienen los alimentos es buscando la mención “hidrogenado” o “parcialmente hidrogenado”.
El problema es que al ser grasas sólidas a la temperatura ambiente, están ocultas y los consumidores no tienen modo de averiguar qué cantidad de trans hay. La industria de la alimentación tiende a ocultarlas, de hecho, bajo la etiqueta de “grasas vegetales”, sin especificar qué parte de esos aceites vegetales han sido modificados o hidrogenados durante el proceso de producción. Expertos en salud consideran que el uso de estos ácidos grasos puede limitarse sin efectos significativos en el sabor y el precio de los alimentos. Los responsables de la industria hostelera, sin embargo, ponen el grito en el cielo ante la posibilidad de prohibición que se cierne sobre tales productos, pues consideran que “etiquetar y advertir de sus riesgos es una cosa, y eliminarlos totalmente otra muy distinta, dado que es algo que va más lejos de lo que es prudente y aceptable”. La guerra contra las trans no ha hecho más que comenzar, y sus efectos han llagado ya a Europa y países como España.

A TU SALUD – LA RAZÓN, Domingo 25 de octubre de 2009

martes, 20 de octubre de 2009

Suspenso a los menús escolares

S.C.
MADRID. La presidenta de la Confederación Española de Organizaciones de Amas de Casa, Consumidores y Usuarios (CEACCU), Isabel Ávila, alertó ayer de que el 65 por ciento de los comedores escolares no cumplen con los principios básicos de una alimentación saludable.
La presidenta de CEACU subraya que “a menor renta, más posibilidades de padecer obesidad existe, debido a que los alimentos considerados óptimos se encarecen frente a la dieta basura”. Así, Ávila destaca que el 41% de los consumidores “están dispuestos a pagar más por los alimentos llamados funcionales” que tienen una introducción muy grande en el mercado español.
Para la máxima responsable de esta confederación de asociaciones, se debería educar a los niños desde la escuela, por lo que considera “fundamental que en los colegios se disponga de información y se facilite el acceso de los niños a las frutas y verduras frescas”.
El doctor Javier Aranceta, presidente de la Sociedad Española de Nutrición Comunitaria (SENC) matiza el dato publicado por la CEACU. “En realidad – comenta el doctor – yo no hablaría tanto de menús poco saludables como de dieta fácilmente mejorable. Es el caso de la mitad de los comedores escolares de nuestro país, en los que habría que mejorar cuestiones como la presentación, los postres, la mejora en la cadena caliente y, seguramente, incluir más veces pescado a lo largo de la semana”.
En esta línea se manifiesta la experta en nutrición Carmen Ibáñez, para quien “es notoria la escasez de verduras y frutas frescas de temporada – siempre más caras – en los menús escolares de nuestro país, en los que además se abusa de los hidratos de carbono y de los postres dulces”, explica Ibáñez.

ABC, MARTES 20_10_2009

La dieta mediterránea, en los huesos

POR SARA CAMPELO
MADRID. Cereales, verduras, legumbres, pescado azul y ríos de aceite de oliva. Saludable, económica y altamente recomendable. La dieta mediterránea es más conocida que seguida, según alertan los expertos. Un estudio publicado por la revista “Public Health Nutrition” elaborado por la Fundación Dieta Mediterránea (FDM) detecta un claro alejamiento de este modelo de alimentación.
Son los países pertenecientes a la Europa Mediterránea los que reflejan una disminución más significativa del índice de adherencia a la popular dieta. El estudio, que analiza el comportamiento alimentario de los últimos cuarenta años y que abarca 41 naciones, destaca que España es el cuarto país mediterráneo que más pierde en su dieta, después de Grecia (el que experimenta un mayor distanciamiento), Albania y Turquía.
Sin embargo – subraya Ana Bach, coordinadora científica de la FDM – mientras que los países de la cuenca han experimentado en los últimos años una variación de la dieta mediterránea, la Europa del norte y otros países del mundo se acercan tímidamente al patrón saludable de este tipo de alimentación”. Así, según el informe, Egipto es el país con más adherencia a la Dieta Mediterránea en los últimos años. Por su parte, países como Irán, Reino Unido, Suecia, Dinamarca y Noruega se aproximan a estos hábitos aunque, con la excepción de Irán, todos siguen estando lejos del patrón alimentario de la Dieta Mediterránea.
Para Ana Bach es prioritario la promoción de la dieta mediterránea “y de un estilo de vida de referencia que ha despertado el interés de científicos de todo el mundo por su contribución a la prevención de enfermedades. El proceso de globalización ha sido también determinante para la extensión de ésta y otras dietas de todo el mundo”.
Los fogones, a régimen
Por su parte, Javier Aranceta, presidente de la Sociedad Española de Nutrición Comunitaria (SENC), anuncia que el cincuenta por ciento de la población española está abandonando la dieta mediterránea. Para Aranceta, los fogones españoles suspenden en los primeros platos “los tradicionales guisos, las legumbres, los cocidos de toda la vida han sido sustituidos por alternativas más rápidas, fáciles y, a veces, hasta más económicas”.
La incorporación de las madres al trabajo y la pérdida de unos hábitos familiares tradicionales influyen en esta tendencia que nos aleja de la buena mesa para caer en la bollería industrial, es exceso de hidratos de carbono y la tentación de los fritos. “La dieta mediterránea exige más esfuerzo, quizá sea unos pocos euros más cara y requiere una labor de planificación a la hora de comprar, pero el beneficio que supone para la salud no tiene precio”, explica Javier Aranceta.
Cada vez en más alto el porcentaje de enfermedades y dolencias relacionadas con déficit nutricionales que pueden ser prevenidas gracias a una dieta saludable. Los alimentos que integran la dieta mediterránea sin ricos en antioxidantes y capaces de prevenir incluso problemas psicológicos como la depresión. Según la revista “Archivos Generales de Psiquiatría Americanos”, la población que tienen una alta adherencia a la dieta mediterránea reduce en un cuarenta por ciento los riesgos de caer en una depresión.
Sin embargo, según los diferentes expertos que participarán en el Salón de la Dieta Mediterránea (22-25 de octubre en Madrid), esta base alimentaria es, además de la más saludable, la más necesaria. “Recuperar la dieta mediterránea – afirma el catedrático de Medicina Preventiva el doctor Lluis Serra Majemes un tema tan importante como puede ser el cambio climático”. El doctor señala que las repercusiones de la pérdida de estos hábitos pueden ser catastróficas “ya que esta dieta mantienen la economía y las tradiciones culturales”.

ABC, MARTES 20_10_2009

jueves, 15 de octubre de 2009

"Mi receta contra la obesidad: no hay alimentos malos"

MARÍA R. SAHUQUILLO
ENTREVISTA: ALMUERZO CON... GEMA FRÜHBECK
Gema Frühbeck tiene el apretón de manos fuerte y la mirada clara. Es una mujer activa. Cree que quien se cruza con ella por los pasillos de la Universidad de Navarra, donde da clases, o por los laboratorios de la clínica, donde investiga, debe de pensar que está loca. Va a todos los sitios corriendo. Sube las escaleras de dos en dos. "Es una costumbre desde que era pequeña. Un día me voy a caer y a romperme la cabeza", dice. Además, va al trabajo en bicicleta. Con tanta actividad es imposible que pase a formar parte de los dos tercios de españoles con sobrepeso. Frühbeck (Madrid, 1965), investigadora clínica en endocrinología y nutrición, es también presidenta electa de la Sociedad Europea para el Estudio de la Obesidad (Easo).
Y como buena experta, entiende de las delicias de la buena mesa. Escoge el restaurante a conciencia. "Es un sitio donde hay alimentos frescos y de temporada. Verás, vamos a comer fenomenal", promete. Allí ya la conocen. Saben, por ejemplo, que prefiere las cosas cocinadas a la sal y con poca o ninguna salsa. Le gustan las cosas sencillas. Pica un poco del aperitivo de salpicón de verduras y explica que muchas veces la clave para no pasarse de kilos no es comer menos, sino qué comer y la forma de preparar los alimentos. "Ésa es una de las cosas más difíciles de hacer comprender a los pacientes", asegura. Frühbeck habla de su trabajo con pasión, explica que la obesidad es un problema social de una magnitud enorme en el que deberían involucrarse el Gobierno, la industria alimentaria y los medios de comunicación. "Es una verdadera epidemia que hay que atajar", afirma.
Charla y los berberechos que el camarero ha dejado sobre la mesa aguardan. Los mira y se da cuenta de que hay que comerlos calientes. Coge uno, y luego otro y otro... La culpa de que estemos compartiendo mesa, cuenta, la tiene la leptina. Fue esta hormona descubierta en 1994 -y que tiene un papel fundamental en la regulación del peso- quien la llevó a dedicarse a la investigación de la obesidad. Aunque reconoce que si no hubiera sido ésa, habría surgido "otra leptina". "Desde que recuerdo he querido ser médico y toda la vida me ha apasionado hacer experimentos". Todavía le encanta meterse en el laboratorio.
Se nota. El tema y la investigación la tienen atrapada. "Falta conciencia de que la obesidad es una enfermedad. Aún se ve como un problema estético. Los hábitos nutricionales deberían estudiarse en la escuela", dice mientras saborea el rape. Muchas familias descuidan algo tan importante como el desayuno de los niños. Frühbeck, por mucha prisa que tenga, nunca prescinde de él. Toma lo que ha bautizado como "el desayuno de los campeones": medio litro de leche con cereales y dos plátanos.
Frühbeck es la primera presidenta electa de la EASO. Pero recalca que no por ser mujer lo ha tenido más difícil en la investigación. En cambio, sí ha percibido cierta discriminación por la edad. Por su juventud. Comenzó un laboratorio a los 33 años.
Frühbeck agita su cabeza rubia y mira fijamente una cereza que, según ha explicado el camarero, viene "directa" del Valle del Jerte. "Están buenísimas", dice. "En España podemos presumir de que hay muy buenos alimentos. Además, no hay alimentos malos. Sólo hay que restringir un poco. Comer bien no es tan difícil".


EL PAÍS, Jueves 15 de octubre de 2009
Imagen: El País

jueves, 17 de septiembre de 2009

Proponen subvencionar la comida saludable y encarecer la rápida: con la crisis nos alimentamos de forma menos equilibrada

REDACCIÓN / AGENCIAS
Subir los impuestos de la comida rápida y aplicar una subvención a la dieta mediterránea. Esta el la propuesta de Maira Bes-Rastrollo, investigadora de la Universidad de Navarra. El objetivo es impedir que la comida rápida – más barata pero menos equilibrada – gane adeptos entre los españoles que necesitan gastar menos.
La especialista plantea esta propuesta después de dirigir un estudio entre 17.000 graduados universitarios. Trataban de medir si los participantes seguían una dieta mediterránea rica en aceite, pescados, legumbre, frutas, verduras y hortalizas o un patrón que denominan americanizado y que incluye grasas, azúcar, carne roja, comida rápida, bebidas carbonatadas y bollería industrial. “La conclusión fue que una mayor adhesión al patrón mediterráneo se asocia con mayores costes y al contrario”, explica.
Con la mala situación económica, la comida rápida ha experimentado un boom y hay cadenas que han crecido. McDonalds, por ejemplo, ha creado 800 empleos en plena recesión y las ventas de Burger King han crecido un 5,7%,
No se trata de condenar la comida rápida, sino de seguir una dieta rica y variada.
“Hay que estudiar por qué lo sano es más caro que lo rápido”.
La dietista – nutricionista María Manera explica que “es ilógico que seguir la dieta mediterránea sea más caro que comer hamburguesas y bollería, cuando se ha demostrado que lo sano es lo primero”. Sin embargo, María no ve en el encarecimiento la solución. “Para equilibrar este despropósito, primero se tendrían que estudiar la causas de esta situación. Dejando de subvencionar determinados productos ya tendríamos mucho ganado”.
El gasto de los españoles en comida ha bajado con la crisis
Cada hogar español gastó, de media, 4.103 euros en productos de alimentación y droguería en el último año (julio 2008 – junio 2009). Este gasto supone un 0,5% menos que el mismo período del año anterior, según datos de TNS Worldpanel. Los hogares españoles salieron de compras 84 días a lo largo del año, uno más que el anterior año.
Los gallegos, los que más gastan... Los gallegos son los hogares que más presupuesto destinan a la cesta de la compra: 4.400 euros.
...Y los valencianos los que menos. Los valencianos destinan 3.804 euros por hogar. Los que más han aumentado el gasto son los madrileños.
Las grasas incitan a comer más
Un estudio realizado en EEUU por el Centro Médico UT Southwestern de Dallas ha hallado que la grasa de determinados alimentos, como el helado y las hamburguesas, va directa al cerebro. Una vez allí, las moléculas de grasa disparan señales desde el cerebro a las células del cuerpo, alentándolas a ignorar las señales supresoras del apetito, por lo que el cerebro siempre nos pide más.

QUÉ, Viernes 18 de septiembre de 2009