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martes, 5 de julio de 2011

Atunes, gambas, espinacas...

EFE - 04/07/2011
Caius Apicius Madrid, 4 jul (EFE).- Una recomendación en principio bastante inocente de la Agencia Española de Seguridad Alimentaria y Nutrición (AESAN) ha disparado las alarmas nacionales y provocado la efusión de ríos de tinta y torrentes de palabras en una semana en la que, la verdad, la actualidad proporcionaba bastantes más temas de interés.
Nos referimos, como habrán intuido, a las advertencias sobre el consumo por determinados segmentos de la población de algunos alimentos, entre ellos los grandes atunes, el pez espada, los tiburones, las cabezas de gambas y familiares, las acelgas, las espinacas...
Primer apunte: nada que no supiéramos ya. Entonces, ¿a qué viene volver ahora sobre el tema? La contaminación de especies marinas por metales pesados no es ninguna novedad: la relación entre el hígado del atún y el mercurio es una vieja conocida. Poco más o menos cabría decir del cadmio contenido en las cabezas de determinados crustáceos. Y que algunas verduras de hoja incluyen en su composición elementos poco deseables, tampoco: nada es perfecto.
Ocurre que estamos en un país de hipocondríacos, que además derivan esa obsesión por la salud -"nefasta", me decía hace años el maestro Néstor Luján- hacia el único terreno en el que creen que pueden decidir, que es el de la alimentación.
Somos un país, permítanme el palabro, de gastrocondríacos, que al paso que va acabará haciendo una dieta monográfica de lechuga, que se merece que no sea nunca de una variedad distinta a la insipidísima iceberg, comida sin sal -¡por Dios, la tensión!- y sin aceite -¡grasas, qué horror!-.
Verán, no es lo mismo "puede suceder" que "sucede". Y lo que no puede hacerse es alarmar al personal con informaciones cualitativas. Me explico con una anécdota sufrida por un amigo mío, importador de caviar cuando el ICEX permitía pescar esturiones en el Caspio.
El caviar, como saben ustedes, son los huevos, que no las huevas, del esturión hembra. Es un producto frágil y perecedero, que necesita ayuda para conservarse, tampoco crean que mucho tiempo, como tope seis meses. Lo tradicional era, a ese objeto, añadirle o bien sal, o bien ácido bórico. Lo primero no contribuía a mejorar el producto: un caviar muy salado es una desgracia. Lo segundo se usaba masivamente como conservante, a escala doméstica, de mariscos y pescados. Pero... alguien descubrió que la ingesta de ese ácido podía tener malas consecuencias para la salud, y se reguló su uso, fijando un máximo por kilo de producto tratado.
Bien, el buen caviar tenía ácido bórico. Por si acaso, en Barajas se procedía a analizar una muestra de cada envío. Una muestra de 1,8 kilos, que es lo que pesa cada envase original: los inspectores no se andaban con chiquitas. Y bastaba que contuviera ácido bórico para que no se autorizase esa partida. Ojo: no se decía cuánto ácido bórico contenía: trampa. Porque hay una mínima cantidad autorizada. Pero no: bastaba con que cualitativamente se detectara para emitir ese veredicto condenatorio; hacer un análisis cuantitativo, como sabe cualquiera que haya estudiado Química, es algo más latoso que limitarse a descubrir indicios de determinada sustancia.
Pero hay que decir cuánto. Hace años se acusó a las conservas de almejas chilenas de contener cadmio, cancerígeno. Alguien, meses después, reveló el asombroso número de latas de almejas que un ciudadano debería comerse diariamente, durante más de cien años, para ingerir una cantidad de cadmio preocupante. ¿Cuántas cabezas de gamba habrá que chupar al día para obtener el mismo resultado...? Por si acaso, no se dice.
Así que yo seguiré comiendo atún blanco con toda tranquilidad: nunca me he comido su hígado, y no voy a empezar ahora. Seguiré sin comer, en lo posible, atún rojo por respeto a una especie en gravísimo peligro. Este verano volveré a disfrutar de las tapas de marrajo, una especie de escualo, adobado y frito que despachan por toneladas en el "Kilowatio" de Cedeira. Seguiré sin hacerle caso al hit parade de las gasolineras de mi amigo José María Íñigo y no chuparé las cabezas de las gambas, pero no por el cadmio, sino por cierta manía que uno les tiene a las cabezas en general.
Evidentemente, no estoy en un grupo de los señalados como "de riesgo". Ni estoy embarazado ni tengo menos de cuatro años. Por esta segunda razón me gusta que me expliquen las cosas, y que los responsables de la gobernación del país no se acostumbren a confundir "recomendar" con "prohibir", verbo al que últimamente se les ha detectado cierta querencia.
Insistamos: "puede ser" no equivale a "es". "Advertir" es una cosa, "recomendar" otra y "prohibir" debería ser lo último, tras pensarlo mucho y muy bien. Ustedes échenle sentido común, también a su alimentación. Cuídense, pero sin obsesionarse.
Por cierto que lo de las acelgas ya podían haberlo dicho ustedes cuando uno era pequeño, caballeros; la de sinsabores -y nunca mejor dicho lo de "sin sabores"- que me hubiera ahorrado yo en cada convalecencia infantil a dieta de acelgas hervidas. No hay derecho; no, señor. EFE cah/cat

EL CONFIDENCIAL, Martes 5 de julio de 2011

Sanidad aconseja a embarazadas y niños no comer atún rojo, pez espada, acelgas ni espinacas

La Agencia Española de Seguridad Alimentaria y Nutrición (AESAN) recomienda a embarazadas y niños de hasta siete años no consumir pez espada o atún rojo. En una nota emitida hace unos días por esta agencia se considera que estas especies están contaminadas por mercurio. También hace recomendaciones sobre el consumo de crustáceos y hortalizas.

100gr. a la semana superaría la ingesta tolerable de mercurio en una embarazada

Según la AESAN, dependiente del Ministerio de Sanidad, 100 gramos de pez espada a la semana superaría la ingesta tolerable de mercurio en una embarazada. Los niños de entre 7 y 12 años no deberían comer más de una ración de 50 gramos.El problema del pez espada o del atún rojo es que por su larga vida se convierten en bioacumuladores de metales pesados. El mercurio industrial ha acabado en las cadenas tróficas de los mares sin degradarse.
Nitratos en acelgas y espinacas
Hay también una advertencia respecto a algunas verduras. Por la presencia de nitratos, la AESAN desaconseja el uso de hortalizas de hoja, como espinacas, apio, acelgas o lechuga, para purés de bebés durante el primer año de vida.

Se desaconseja comer más de una ración de este tipo de hortalizas al día hasta que cumplan tres años. Los niños de 1 a 3 años se consideran la población más expuesta a nitratos.
Chupar cabezas de crustáceos: ojo al cadmio
Hay una tercera recomendación, referida a los crustáceos y atañe a la costumbre de saborear también la cabeza de gambas, langostinos, cigalas y bogavantes, o los jugos de centollos, cangrejo o buey.

El cadmio puede llegar a dañar los riñones o el hígado

En este caso el problema es el cadmio. La AESAN recomienda limitar el consumo de carne oscura de los crustáceos, localizada en la cabeza, para reducir la exposición a cadmio (metal presente en las pilas eléctricas y en vertidos industriales). El cadmio, en dosis elevadas, puede dañar riñones e hígado, donde tiende a acumularse entre diez y 30 años. También causa desmineralización de huesos y se considera un importante agente cancerígeno.



20 MINUTOS, Viernes 1 de julio de 2011

La lista (negra) de la compra

Isaac Rosa


Es verdad que los niveles de metales son una preocupación constante de las autoridades, pero el pescado azul es tremendamente saludable.” -Leire Pajín, ministra de Sanidad-

La lista de la compra cada vez tiene más tachaduras: las últimas, el atún, el pez espada, las gambas, y las acelgas y espinacas para bebés. Sí, es verdad que después de soltar la advertencia, las autoridades –presionadas por los sectores afectados- nos tranquilizan y nos animan a seguir consumiendo sin miedo. Pero coincidirán conmigo en que no da mucha confianza un alimento que las embarazadas y los niños deben evitar, o que el resto de la población puede comer pero sin pasarse.
Como lo del mercurio en los atunes se sabe desde hace tiempo, cabe pensar que seguiremos comiéndolos como si nada, pues en la alimentación nos domina desde hace tiempo una forma de resignación: nos hemos convencido de que, en mayor o menor medida, todo lo que comemos es dudoso, pero lo asumimos como un precio por vivir en una sociedad avanzada.
La primera parte del razonamiento es bastante cierta: todo lo que comemos es dudoso, pocos productos de la industria alimentaria resisten hoy un examen a fondo. Apliquen el análisis de los atunes a las hortalizas llenas de pesticidas, los cerdos y terneras criados en condiciones insalubres e hinchados a antibióticos, o los pollos y huevos que ya sabemos que tienen toxinas. En todos los casos cabría hacer recomendaciones de consumo moderado y grupos de riesgo, y se acumulan evidencias sobre su relación con la proliferación de cánceres, todo tipo de enfermedades y alergias.
Pero la segunda parte del razonamiento fatalista no tiene por qué ser cierta: no podemos aceptar que la contaminación alimentaria es inevitable. Al contrario, hay que denunciarla y exigir otras formas de producción. Es cierto que es inseparable a un modelo de desarrollo económico que llena el mar de mercurio –la pregunta que deberíamos hacer tras saber lo del atún es ¿de dónde ha salido todo ese mercurio?-, y que busca el máximo beneficio fabricando comida. Pero antes que un motivo de resignación, debería ser una razón más –y no menor precisamente- para cambiar un sistema que perjudica seriamente a la salud. La nuestra y la del planeta.



PÚBLICO, Lunes 4 de julio de 2011